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Fundador, CEO y mayor accionista de LVMH, un francés de Roubaix ha creado el emporio de ensueño que seduce a clientes desde Ulán Bator a Londres. Tan alabado como temido, su palabra es ley en el mundo de lo exclusivo
Cuando uno intenta escrutar a alguien tan taciturno y celoso de su vida privada la labor puede convertirse en un camino arduo. Pero quedan las cifras. En este caso, los datos sí nos dicen mucho. De acuerdo con Forbes, hay casi 7,000 millones de habitantes en la Tierra; de ellos, 70 tienen poder de verdad. Y Bernard Arnault es uno de ellos. Con una fortuna estimada de 41,000 millones de dólares, Arnault es el hombre más rico de Francia y el cuarto más rico del mundo gracias a LVMH, un gigante compuesto por 60 compañías que se ha convertido en el más grande emporio del lujo. LVHM es la mayor máquina de hacer dinero de toda Francia, país al que ha ubicado como el líder de los productos refinados. Arnault ha sido clave a la hora de modernizar la industria francesa, haciéndola pasar del sector terciario al objeto de deseo de una nueva generación de consumidores jóvenes y adinerados. “Cuando haya que hacer algo, ¡hazlo! En Francia estamos llenos de buenas ideas, pero rara vez las llevamos a cabo” (Forbes).
Tras haber levantado el grupo virtualmente de la nada, el año pasado LVMH reportó un aumento de 16% en sus ventas globales que alcanzaron los 27,900 millones de dólares, y unos beneficios que superaron los 5,300 millones. “Me veo como un embajador del patrimonio y cultura franceses”, comenta Arnault. “Lo que creamos es emblemático; está vinculado con Versalles o con María Antonieta”. A pesar de todas sus proclamas de Vive La France, sus detractores le ven más como un tiburón de las finanzas americano, pero con traje de Dior. Sus tácticas agresivas y poco convencionales han hecho levantar más de una ceja gala, pero lo que él decide se ejecuta globalmente. Veintiún años al timón han afilado sus habilidades, y son muchos los que alaban su particular estilo de dirección, considerándolo el mejor. Endurecido y resabiado por las múltiples batallas corporativas, Arnault es un cazador invisible y paciente.
Mientras la atención del mundo estaba imantada por los jugosos titulares que generaba su oferta por Hermès, Arnault procedió a la discreta adquisición de Bulgari, que dejó perplejo al sector del lujo. El “lobo con abrigo de cachemira”, como se le llama a menudo, tenía razones muy sólidas para hacerse con la casa romana, aumentando así su masa crítica en el área relojera en la que es más fuerte el grupo Richemont, su competidor. Hoy LVMH cuenta con Hublot, Bulgari, Chaumet, Dior Watches, TAG Heuer y Zenith en su establo de relojes mecánicos.
Bernard Arnault nació el 5 de marzo de 1949 en Roubaix, una próspera ciudad textil del norte de Francia cercana a la frontera belga. El empresario ha explicado la influencia que ha ejercido la región en su temperamento. “Por naturaleza no soy una persona exuberante”, dijo en una entrevista con El Mundo Magazine. “Soy originario del norte de Francia y por tanto más bien reservado. Pero sólo aparentemente. La realidad es muy distinta, porque la verdad es que soy un apasionado de lo que hago. Y hay que serlo, porque, de lo contrario, nada merecería la pena”.
Criado en un ambiente familiar de gran refinamiento, estudió piano desde una edad muy temprana y es un reconocido melómano. Sin embargo, el negocio familiar (Ferret-Savinel), era el inmobiliario. “Cuando tenía siete u ocho años pasaba cada jueves con mi abuelo allí donde estuviera construyendo”, comentaba Arnault en una entrevista con WSJ Magazine. “Murió joven, a los 65 años, pero esa fue la lección que me dio: tienes que sumergirte completamente en lo que haces”. Tras finalizar en 1971 sus estudios de ingeniería en la prestigiosa École Polytechnique, Bernard no comenzó a trabajar para el Estado como la mayoría de sus iguales sino que se unió al negocio familiar, por aquel entonces bajo el mando de su padre Jean. “Tenía 25 años, ninguna experiencia y mi padre puso su empresa en mis manos”, recordaba. En sólo cinco años ya se había convertido en el presidente y había incrementado el patrimonio tras introducirse en el nicho de la construcción de viviendas vacacionales a tiempo compartido en la Riviera francesa.
En 1981, con los socialistas en el poder, Arnault se trasladó a Estados Unidos junto a su primera mujer, Anne Dewarvrin, y sus dos hijos Delphine y Antoine. Continuó en el sector inmobiliario y se embebió de técnicas empresariales, que al cabo cambiarían su estilo de dirección para siempre. Tras su regreso en 1983 le cayó un premio inesperado: el gobierno francés quería deshacerse de una empresa textil en dificultades que se dedicaba a la fabricación de pañales desechables.
Sorprendentemente, la casa de Christian Dior formaba parte del portafolio y Arnault aprovechó la piedra angular de su soñado “supermercado de artículos de lujo”. Se deshizo rápidamente del otro negocio –que supuso el despido de miles de trabajadores– y recogió un fruto de 400 millones de dólares en todo el proceso.
Una de las guerras más enconadas y hostiles de Francia se desencadenó cuando Arnault se hizo con el 45% de LVMH en 1989. Henry Racamier –presidente de Louis Vuitton y vicepresidente de LVMH– había invitado a Arnault a comprar acciones para fortalecer su propia posición dentro de LVMH. No había previsto que Arnault tenía sus propios planes. La lucha de poder que se desató acabó con Arnault y Henry Racamier ante un juez. Arnault ganó y purgó a LVMH de sus altos ejecutivos. En un artículo de Business Week un agraviado ex directivo de LV describía así a Arnault: “Es un trilero, un expoliador, un Donald Trump francés”. Arnault respondió: “No me afectó. Yo representaba un nuevo estilo de gerencia. Un enfoque americano sin complejos”. (WSJ) Y la haute couture en Francia estaba a punto de descubrir qué significaba esa ausencia de complejos americana.
Su primer paso, que hizo chocar las placas tectónicas de los círculos textiles parisinos, fue la contratación del polémico diseñador británico John Galliano para insuflar nuevos aires a Dior, y al americano Marc Jacobs en Louis Vuitton. La editora general de Vogue, Anna Wintour, admiró su audacia: “Lo que me parece brillante de Bernard es que para revitalizar esta casa aburrida, polvorienta y carca necesitaba apostar por la conmoción de lo nuevo. La mayoría de los directivos no lo entenderían. No tienen ni la sensibilidad ni el olfato” (WSJ). La capacidad de Arnault para unir los aspectos creativos y financieros del negocio le ha servido bien. Aunque reverencia la creatividad, no tolera comportamientos que puedan poner en riesgo su amada Dior, de forma que despidió a Galliano tras sus desvaríos antisemitas.
Como mecenas del arte contemporáneo, Arnault contrató al arquitecto Frank Gehry para diseñar la Louis Vuitton Foundation for Creation. El museo con forma de nube presentará una colección que incluye clásicos del siglo XX como Picasso, Yves Klein, Henry Moore y Andy Warhol junto con artistas modernos como Agnes Martin, Richard Serra, Jeff Koons y Pierre Huyghe. El proyecto de 200 millones de dólares se encontró con la oposición de las autoridades locales, pero el Senado aprobó una ley para permitirle continuar y debería estar terminado a lo largo de 2012.
“Mi marido es un esteta, le gusta estar rodeado de cosas bellas todo el tiempo”, dice Hélène Mercier, una pianista canadiense con quien se casó en 1991. “Todo tiene que ser perfecto. Pero a veces eso significa que se obsesiona con cosas pequeñas. Por ejemplo si un cuadro está demasiado bajo te repite diez veces que el cuadro está demasiado bajo, y yo le digo ‘vamos a dejarlo ya’. No conoce las medias tintas. Y odia perder”. (WSJ)
Su hogar parisino en la Rive Gauche custodia sus posesiones más preciadas, que incluyen un Picasso de su periodo azul, un retrato de Elizabeth Taylor de Andy Warhol y un sombrero usado por Napoleón. Delphine y Antonie, los dos hijos del primer matrimonio de Arnault y nacidos en 1975 y 1977, respectivamente, están completamente integrados en el negocio familiar.
Delphine, cuya disposición más seria y callada se compara a menudo con la de su padre, lleva Dior Couture, la marca más cara de Arnault, y es miembro del comité ejecutivo. En cambio Antoine es el heredero in pectore, y se unió a Louis Vuitton en 2002, la médula del imperio LVMH. “Siempre me dijo que si quería trabajar con él tenía que trabajar más duro que los demás y ser bueno en el colegio”, recuerda Antoine.
Tras ser nombrado director de comunicación en 2007, es el responsable de la exitosa campaña publicitaria en la que aparecen Mijaíl Gorbachov, Sean Connery, Bono o Keith Richards. “La primera vez que le sugerí a mi padre que usáramos a Gorbachov en uno de nuestros anuncios me miró como diciendo ‘tú estás loco’”, dice Antoine. “Pero él fue quien me enseñó a no cejar nunca”.
Como informante privilegiado que es, Antoine comparte su predicción sobre la próxima gran tendencia en el mundo de la moda y el lujo. “Vamos a entrar en una era en la que el logo y la ostentación van a ser menos exitosos. La clave va a ser la auténtica calidad”, dijo en febrero a la cadena CNN. “La gente va a querer más calidad y menos ostentación. Especialmente en un mundo en crisis económica. No quieres ser visto con productos palmariamente caros. Sólo algo que sea bello”.
Además de Antoine y Delphine, la dinastía LVMH tiene una nueva generación de sucesores que proviene del segundo matrimonio con Hélène. Alexandre, el mayor de los tres, ya ha anunciado su interés por unirse al negocio familiar. Sin embargo van a tener mucho tiempo para prepararse. Según Antoine, “tenemos 20 o 25 años para pensarnos el futuro. Él no se va a quitar de en medio por ahora”.
El fracaso de Arnault para embolsarse Gucci en 1999, que fue adquirida por François Pinault para PPR, marcó el comienzo de una rivalidad legendaria entre los dos hombres más poderosos de Francia. La reciente incursión en el mecenazgo de Arnault en París ha sido vista por algunos críticos como un intento de quedar por encima de Pinault, cuya colección instalada en Venecia no pudo exhibir en París.
Otro de los grandes compañeros de viaje de Bernard es Nicolas Sarkozy, ex presidente de Francia (en la imagen, juntos en 1994). Arnault asistió como testigo a la boda de Sarkozy con Cecilia Ciganer-Albéniz en 1996.
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