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Tener historia no es lo mismo que hacerla. Proezas humanas como la de Amelia Earhart marcan el paso de generaciones completas. Omega la acompañó en su singladura, hasta el final. Un legado compartido de modernidad, independencia y determinación
Sola en la carlinga de su monoplano Lockheed Vega 5b modificado, a más de 10,000 pies de altura, contempla embelesada el fulgor de las estrellas que iluminan la profunda oscuridad del cielo sobre el Atlántico. “Una noche de belleza tropical”, se dice a sí misma, con una leve sonrisa en los labios. Al fin y al cabo, es mayo y el verano está cerca. El vuelo, que ha despegado de Harbour Grace, en la península canadiense de Newfoundland con destino a las islas británicas, sigue sin contratiempos mientras la noche avanza. Pero, de pronto, una enorme masa de nubes se cruza en el camino del pequeño aeroplano, que comienza a cimbrarse y crujir, tratando de plantar cara a las fuertes ráfagas de viento. En cosa de minutos, el rojo acharolado del fuselaje se cubre de pesadas placas de hielo que amenazan peligrosamente la estabilidad y el margen de maniobra. Amelia piensa rápido. Su habilidad como piloto es reconocida por todos sus colegas. “Nació para volar, con un toque delicadísimo en los cuernos de mando”, había dicho tiempo atrás el general Leigh Wade. Pero la navegación con instrumentos, sin visibilidad, no es precisamente su fuerte y la tormenta va in crescendo. Su reacción, sin embargo, es ágil y efectiva, desciende en barrena y a toda velocidad, hacia el océano tenebroso, que intuye a sus pies. La celeridad de la caída y la mayor temperatura de las capas de aire más bajas desprende el hielo de las alas y el vuelo se estabiliza.
A lo lejos apuntan los primeros rayos de sol del 20 de mayo de 1932. Amelia, con la sonrisa de nuevo en los labios, consulta el reloj que lleva atado a su muñeca, por encima de la gruesa chaqueta de piel: un cronógrafo Omega de 28.9 mm que registra ya 12 horas de trayecto. Pasarán dos horas más y otros 56 minutos antes que las verdes costas de Irlanda del Norte aparezcan en el horizonte. El Vega 5 aterriza con suavidad en un pastizal donde come un rebaño de ovejas. “¿Dónde estoy?”, pregunta ella al pastor que las cuida. “En Gallegher. ¿Viene usted de muy lejos?”, inquiere él. “De Estados Unidos”, responde ella carcajeándose con lágrimas en los ojos.
Acaba de convertirse en la primera mujer que cruza el Atlántico en un vuelo sin escalas y en solitario. Es, además, la segunda persona que lo logra justo cinco años después de la hazaña fundacional de Charles Lindbergh, el 20 de mayo de 1927. La sincronía no es accidental; la prensa la detecta inmediatamente y bautiza a Amelia con el apodo de Lady Lindy, que ella acepta como tributo al héroe, haciendo un alto en su abierta militancia por la emancipación de la mujer. Aun cuando ya es una celebridad por la extensa relación de éxitos aéreos que la preceden, a partir de ahora su fama alcanzará niveles mayúsculos, gracias sobre todo a las innovadoras técnicas de marketing que crea su marido, el editor y publicista George P. Putnam, para sacar partido a la fama y financiar las aventuras de su esposa.
Omega será una de las marcas que patrocinarán la mayor y más cara empresa de Amelia Earhart: la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador. Su Lockheed Electra 10E despega de Miami el 27 de junio de 1937; hace escala en los cinco continentes y en su última etapa, el 2 de julio, ya de vuelta a casa, pierde el contacto por radio y desaparece para siempre.
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